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La caótica inauguración del Ebbets Field

El miércoles 9 de abril de 1913 hacía un sol espléndido en Brooklyn y los neoyorkinos estaban ansiosos de conocer el nuevo estadio de los entonces Superbas


CDMX (Patty War / 643 Network).- El miércoles 9 de abril de 1913 hacía un sol espléndido en Brooklyn y los neoyorkinos estaban ansiosos de conocer el nuevo estadio que Charlie Ebbets construyó para los entonces Superbas, luego Robins y finalmente Dodgers (llamados así porque los aficionados tenían que esquivar el tranvía al cruzar la calle que los llevaba al Ebbets Field).


El juego que escuchó el primer playball en la historia de este mítico estadio era de exhibición y no podía ser más interesante. Los Highlanders de Nueva York, luego Yankees, estaban de visita. Nadie se lo quería perder, así que la gente empezó a hacer fila desde el amanecer.


Los señores iban de corbata de moño y sombrero de carrete o de bombín, los más jóvenes con gorra irlandesa, los niños de pantalón corto y las señoras de falda larguísima, blusa ceñida de cuello alto y sombreros con grandes y vistosos adornos. Parecía desfile de modas.


Pasadas algunas horas, la fila nomás no avanzaba y es que, al superintendente del parque, de la emoción se le olvidó la llave. La enorme fila siguió inmóvil y llena de impaciencia, mientras un mozo corría por el repuesto.


Cuando finalmente se abrieron las rejas del inmueble la multitud entró para admirar la belleza del parque nuevecito. Con sus delgadas columnas, para facilitar la vista, cómodos asientos de madera, así como palcos con sillas y los imperdibles bleachers, que abarcaban el jardín izquierdo y el central. Todo en dos pisos.


Todo muy moderno, los dugouts y las escaleras, aunque a Charlie Ebbets se le olvidó construir un espacio exclusivo para la prensa, algo que los reporteros de la fuente no apreciaron pues tuvieron que ver el juego desde la tribuna con todo y máquinas de escribir.


Cuando al fin los 30,000 aficionados que lograron entrar ocuparon sus localidades, la banda empezó a tocar música patriótica para deleite de todos, pues en realidad el evento era una gran fiesta.


La multitud rugió cuando al fin, los peloteros y algunos invitados especiales saltaron al campo y se dirigieron al jardín central para la ceremonia de izar la bandera, seguidos por notas musicales.


Todos iban sonrientes y emocionados saludando al público. Cuando Charles Ebbets llegó frente al asta para izar la enorme bandera que se había preparado para el evento extendió la mano a su ayudante, quien tuvo que confesar “Lo siento, Charlie, olvidé la bandera”. Esta situación alargó aún más la ceremonia y Ebbets echaba humo por la nariz y los aficionados impacientes gritaban “¡Playball!”


Un niño corrió a través del campo para recoger la olvidada bandera en medio del rugir de la muchedumbre. La encargada de izar el enorme símbolo de las barras y las estrellas fue la Señora McKeaver esposa del socio de Ebbets, mientras se escuchaba el Himno de los Estados Unidos.


Terminada esta ceremonia, todos se dirigieron a sus lugares y la esposa de Ebbets, Genevieve lanzó la primera bola que dirigió al umpire principal desde su lugar en la tribuna. Además de un enorme sombrero llevaba guantes, estola de mink y un bouquet de flores blancas en la mano izquierda.


Finalmente se cantó playball para iniciar un emocionante y cerrado juego que ganaron los locales 3 carreras a 2.


Nadie sospechaba que la historia de amor de Brooklyn con su equipo duraría solamente 44 años, pues en 1957 los Dodgers se mudaron a Los Angeles y el entrañable Ebbets Field fue demolido en 1960. En su lugar hoy existe un complejo de apartamentos que llevan por nombre “Jackie Robinson”.


Dicen que si aguzas el oído al pasar por la calle Montgomery, todavía puedes escuchar el rugir de los fieles aficionados neoyorkinos.

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